El concepto de la homeopatía fue desarrollado en 1808 por Christian Hahnemann, médico y químico alemán. El término procede del griego hómeos (similar) y pathos (enfermedad) y se fundamenta en el principio de que una sustancia capaz de provocar determinados síntomas en una persona sana puede, cuando se administra en dosis muy pequeñas, ayudar a tratar síntomas similares en una persona enferma.
El medicamento homeopático se caracteriza por su método de fabricación que incluye dos etapas esenciales que le confieren actividad: la dilución de la sustancia original y la agitación en serie.
Se prepara a partir de sustancias que pueden ser tanto de origen vegetal, animal o mineral. El medicamento homeopático se caracteriza por su método de fabricación que incluye dos etapas esenciales que le confieren actividad: la dilución de la sustancia original y la agitación en serie.
Dilución: Quiere decir que se somete a un proceso de desconcentración progresiva de la sustancia original, para alcanzar esas “dosis mínimas” que le son características
Dinamización: quiere decir que después de cada fase de desconcentración la sustancia es agitada vigorosamente, lo que le otorga buena parte de su acción terapéutica
La homeopatía no tiene en cuenta únicamente los síntomas de la enfermedad, sino también las características de cada persona y su forma particular de manifestarlos. Por este motivo, el medicamento homeopático no es específico de una enfermedad concreta, sino de un modo de enfermar.
Esta forma de prescripción convierte a la homeopatía en una terapéutica individualizada, que requiere una historia clínica detallada, la exploración del paciente y, cuando es necesario, la realización de pruebas complementarias. A partir de esta valoración médica se decide el tratamiento más adecuado, ya sea homeopático, convencional, la combinación de ambos o, si procede, la cirugía. Antes que nada, el homeópata es un médico y debe conocer con precisión los beneficios y los límites de esta terapéutica.
En dermatología integrativa, la homeopatía puede utilizarse en distintas afecciones cutáneas, como las verrugas víricas, el molusco contagioso, el herpes, la piel atópica —especialmente en niños pequeños— o el acné. Según el tipo de afección y su grado de severidad, puede plantearse como tratamiento exclusivo o como complemento a otros tratamientos médicos, siempre tras una valoración individualizada del caso.

