Mi nombre es Cristina Zemba. Me licencié en Medicina en la Universidad Nacional de La Plata (Argentina) y realicé la residencia en el Hospital General Ramos Mejía, donde obtuve el título de Especialista en Dermatología por la Universidad de Buenos Aires. Fueron cuatro años de residencia, un año más como Jefa de Residentes y otro como Instructora de Residentes.
Tuve la suerte de formarme junto a un gran maestro, de esos que dejan huella: el Prof. Pedro H. Magnin. Se trataba de una Cátedra Universitaria con todo el rigor científico que ello implica: sesiones clínicas, docencia, congresos y publicaciones. Mi formación se desarrolló, por tanto, dentro de la más estricta ortodoxia médica.
Esta base ha marcado siempre mi manera de ejercer la medicina. Antes que nada soy médica, y la evaluación de una persona debe realizarse con criterio clínico, conocimiento científico y responsabilidad profesional.
En 1989, al finalizar la residencia, llegué a Barcelona para realizar un perfeccionamiento en la subespecialidad de Dermatitis de Contacto en el Hospital Clínic. La estancia estaba prevista inicialmente para seis meses, pero se prolongó durante tres años.
En ningún momento había pensado en quedarme a vivir. Sin embargo, la vida a veces sigue guiones inesperados y, de un modo nada premeditado, acabé echando raíces.
Durante esos años continué desarrollando mi actividad en un entorno hospitalario de alto nivel, consolidando mi experiencia clínica y ampliando mi recorrido profesional.
Más de veinticinco años de ejercicio profesional dedicados a la dermatología clínica, la formación continuada y la atención personalizada.
Una trayectoria marcada por el rigor médico, la docencia y la participación activa en congresos y encuentros científicos.
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La piel es un órgano visible y accesible, capaz de mostrar alteraciones que a menudo tienen su origen más allá de la propia superficie cutánea. Saber interpretarlas forma parte del acto médico.
En la práctica clínica, detrás de determinadas afecciones cutáneas aparecen con frecuencia desequilibrios de otros sistemas: alteraciones hormonales, digestivas, inmunitarias o emocionales.
Esta observación continuada fue reforzando la necesidad de ampliar la mirada, entendiendo que para tratar la piel de forma adecuada es imprescindible contemplar a la persona en su conjunto.
A partir de esta toma de conciencia comenzó un proceso de búsqueda y formación continuada. Fui incorporando distintas terapias complementarias, siempre sin olvidar ni renegar de mis orígenes médicos.
Siempre he entendido la medicina como un ejercicio de suma y no de exclusión. Antes que nada soy médica, y la valoración de una persona debe realizarse con rigor científico, criterio clínico y responsabilidad profesional.
Este enfoque me permitió ampliar las posibilidades terapéuticas, manteniendo siempre la base de la dermatología convencional como punto de referencia.
El primer acercamiento a la homeopatía no surgió de una búsqueda personal, sino de la experiencia con una paciente. Tras meses de tratamiento dermatológico convencional sin resultados satisfactorios, acudió por su cuenta a un homeópata. En la siguiente visita, su piel había mejorado de forma evidente.
Lejos de generar rechazo, aquel resultado despertó mi interés. Si algo así había funcionado, merecía al menos ser estudiado con profundidad. A partir de ahí inicié una formación rigurosa, realizando distintos másters en homeopatía.
Este aprendizaje no solo amplió las opciones terapéuticas en dermatología, sino que aportó una visión diferente de la enfermedad y de la persona, aplicable a otras áreas de la medicina.
Así fue como conocí la microinmunoterapia. La posibilidad de abordar el trasfondo inmunológico de numerosas patologías despertó inmediatamente todo mi interés y, una vez más, me encontré estudiando un nuevo ámbito en profundidad y con entusiasmo.
Más adelante llegó la medicina antiaging, no entendida como una cuestión estética, sino como envejecimiento saludable. Este enfoque me llevó a profundizar en terapias afines como la micronutrición, la nutrición saludable y la medicina ortomolecular, siempre desde una base médica sólida y con formación específica.
Mientras tanto, siempre he seguido trabajando como dermatóloga, incorporando a mi especialidad distintas terapias complementarias, planteándolas como una integración no solo en relación con los tratamientos, sino desde una visión holística y global de la persona. No somos una enfermedad; somos personas que reímos y lloramos, tenemos afectos, un entorno, una historia. Nos pasan cosas.
Esa dimensión humana permite escuchar al otro en su totalidad: emociones, miedos, alegrías, espiritualidad. Y también permite preguntar y valorar no solo qué le ocurre a la piel, sino cómo se encuentran otras áreas del cuerpo: la salud intestinal, ginecológica, mental, cardiovascular u osteoarticular, entre otras.
En la medicina integrativa también es importante integrar los tipos de tratamiento. En muchas situaciones es posible combinar la medicina convencional con terapias complementarias. En otras, debido a la naturaleza o a la agudeza de la afección, puede ser necesario recurrir primero a tratamientos convencionales e incorporar más adelante enfoques complementarios. Para ello es imprescindible conocer bien cada situación, valorar los riesgos y beneficios, y poder explicarlos con claridad a la persona.
Y, por último, como no dejamos de aprender y crecer en esta compleja y hermosa escuela que es la vida, en 2024 ese camino me llevó a integrar una dimensión aún más humana y espiritual de lo que somos. Una espiritualidad entendida no como una práctica religiosa concreta, sino como nuestro ser más profundo y sagrado.
En ese momento comprendí que, para poder ayudar a otro, el trabajo empieza en uno mismo. Que debía trabajarme, consolarme, perdonarme y quererme antes de poder consolar, perdonar y querer a quien tengo delante. Entendiendo que los médicos no atendemos “pacientes”, sino personas: con grandezas y dificultades, con valentías y miedos, con aciertos y errores.
Eso también es integrar. Nunca desde una mirada vertical, sino desde una mirada horizontal, de tú a tú. Porque hay algo que nos une a todos: el deseo de ser felices y de evitar el sufrimiento. Somos uno, entre nosotros y con el universo.

